
Clara se negó a convertirse en instrumento de Beatriz, pero Salvatierra le explicó que podía escuchar desde una sala contigua sin ser vista. Alejandro tampoco entraría en contacto directo con la detenida. La conversación quedaría grabada y los agentes intervendrían ante cualquier amenaza. Clara aceptó porque el nombre del saboteador podía hacer justicia a Elena.
Beatriz fue conducida a la sala de interrogatorios. Su elegancia se había convertido en una coraza rígida. Miró el cristal espejado y pareció adivinar quién estaba detrás.
—El hombre se llama Ramiro Cid —dijo—. Trabajaba en el taller que revisó el coche de Elena. Pero antes de que me acuséis de todo, preguntadle a Clara por su padre.
Clara sintió un golpe en el pecho. Su padre, Tomás Roldán, había sido mecánico y murió ocho meses atrás tras una larga enfermedad. Nunca mencionó a Ramiro, aunque durante sus últimos días repetía que había cometido un error imperdonable.
—Tomás estaba en el taller aquella noche —continuó Beatriz—. Fue él quien recibió el dinero.
Clara entró en la sala antes de que Salvatierra pudiera detenerla.
—Mientes.
Beatriz la contempló con una satisfacción cruel.
—Por eso solicitaste empleo en la villa usando el apellido de tu madre. Buscabas saber qué hizo tu padre. Encontraste el recorte de prensa entre sus cosas y seguiste la dirección de Alejandro.
Alejandro volvió la mirada hacia Clara. Ella no lo negó. Tras la muerte de Tomás había hallado una caja con la noticia del accidente de Elena, una llave de taller y una nota incompleta: «No pude impedirlo, pero guardé…». Clara entró a trabajar en la villa para averiguar por qué su padre conservaba aquellos objetos. Había ocultado su propósito por miedo a que la echaran antes de descubrir la verdad.
—Yo no sabía que Beatriz estaba implicada —explicó—. Ni siquiera sabía si mi padre lo estaba. Solo quería entender su culpa.
Beatriz se inclinó hacia delante.
—Tu padre aflojó los frenos. Ramiro puede confirmarlo.
Salvatierra puso fin al encuentro. La policía localizó a Ramiro en un pueblo de Guadalajara, donde dirigía un pequeño desguace. Al ver a los agentes, trató de quemar varios registros, pero fue detenido. Negó haber conocido a Beatriz y aseguró que Tomás actuó solo. Su versión parecía confirmar la acusación hasta que Clara entregó la llave encontrada entre las pertenencias de su padre.
Pertenecía a una taquilla del antiguo taller, clausurado desde hacía dos años. Dentro encontraron un mono de trabajo, un cuaderno y una grabadora envuelta en plástico. Tomás había registrado una confesión poco antes de morir.
Su voz débil explicó que Ramiro le ordenó revisar otro vehículo en una nave apartada. Cuando Tomás llegó, vio el coche de Elena elevado y sorprendió a Ramiro manipulando el circuito de frenos. Intentó detenerlo, pero Ramiro lo golpeó y amenazó con hacer daño a Clara, entonces estudiante de enfermería. Tomás fingió guardar silencio. Después sustituyó una pieza para reducir el daño y llamó anónimamente a Elena, pero ella no contestó. El coche salió antes de que pudiera avisar a la policía. Durante años, Ramiro le hizo creer que cualquier denuncia incriminaría también a Tomás.
La última parte de la grabación estaba dirigida a Clara:
—Hija, mi cobardía permitió que una mujer muriera. No aceptes mi culpa como herencia. Entrega esto y vive con la verdad que yo no supe defender.
Clara lloró en silencio. Su padre no era inocente del todo: había tardado demasiado en hablar. Pero tampoco era el asesino que Beatriz describía. Alejandro escuchó la grabación sin acercarse a ella. Comprendió que el dolor de ambos estaba unido por decisiones tomadas en secreto.
Ramiro terminó confesando. Beatriz le había pagado para provocar un fallo gradual que pareciera accidental. Montalbán aportó los informes falsos y creó una red de documentos destinados a controlar el patrimonio de Alejandro. El plan original consistía en desacreditar a Elena, separarla de su marido y hacerse indispensable. Cuando Elena descubrió las transferencias, Beatriz decidió eliminarla.
—¿Por qué Mateo? —preguntó Salvatierra.
Ramiro no lo sabía. Montalbán sí ofreció una explicación: tras la muerte de Elena, Beatriz esperaba casarse con Alejandro. El nacimiento de Mateo, concebido antes del accidente y gestado mediante un embrión que Elena y Alejandro habían conservado en una clínica, había cambiado la herencia. Alejandro llevó adelante el proceso con una gestante un año después de perder a su esposa, cumpliendo el deseo que ambos habían firmado. Mientras Mateo viviera, Beatriz nunca controlaría completamente la fortuna familiar.
Clara comprendió entonces la frase pronunciada junto a la piscina. Beatriz no había actuado en un arrebato. Había intentado borrar al último heredero de Elena y culpar a la única persona que podía relacionar la villa con Tomás.
La fiscalía amplió los cargos contra Beatriz, Montalbán y Ramiro. Aun así, la defensa de Beatriz atacó la confesión, alegó que la grabación de Tomás podía estar editada y presentó a Clara como una infiltrada movida por resentimiento. Los medios rodearon la casa y el hospital. Algunos titulares la llamaron heroína; otros insinuaron que había provocado el incidente para encubrir el pasado de su padre.
Clara dejó de salir. Había salvado a un niño, pero ahora desconocidos discutían su dignidad como si fuera una mercancía. Alejandro convocó una rueda de prensa. Contra el consejo de sus abogados, reconoció públicamente que la había golpeado, confirmó que ella salvó a Mateo y anunció que colaboraría con su denuncia.
—La verdad sobre Beatriz no reduce mi responsabilidad —declaró—. Clara merecía ser escuchada antes y merece respeto ahora.
Su admisión detuvo parte de las calumnias, pero tuvo un coste: el consejo de administración de la fundación familiar lo apartó temporalmente de la presidencia. Alejandro lo aceptó.
Esa tarde, Salvatierra llamó a Clara. Los técnicos habían recuperado un archivo borrado de la cámara del jardín. No pertenecía a la noche del ataque, sino a una madrugada de dos años atrás. La imagen mostraba a Elena entrando en el invernadero con la carpeta azul. Antes de ocultarla, miraba directamente al objetivo y pronunciaba unas palabras que nadie había oído todavía.
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